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Mi experiencia universitaria

No sé si habrás leído mi presentación. Entenderé que no, así que te resumiré muy rápido lo único que tiene que ver con este artículo.

Estudié Ingeniería Industrial de los 18 a los 24 años y Administración y Dirección de Empresas de los 24 a los 29.

Mi primera carrera: ingeniería industrial

Cuando tenía 17 años pasé de querer ser médico a querer ser electricista. Demostración de lo claras que he tenido las ideas siempre en mi vida.

También me planteé opciones como Farmacia o Ingeniería Informática. Al final, lo de ser electricista no sentó muy bien en casa, así que tendría que pensar una alternativa más llamativa.

Cómo yo elegí qué carrera estudiar

Preparando mi fiesta de cumpleaños de los 18 años, monté unas luces de discoteca para dar un ambiente más festivo a la pista de baile.

Era un invento casero. El resultado fue, digamos, resultón, pero ni mucho menos perfecto.

Sin embargo, hubo una persona a quién le pareció estupendo. Mi padre.

Dice que yo, en ese entonces, decía que quería ser inventor. Por eso él me sugirió la posibilidad de estudiar Ingeniería Industrial, la cual era, según salió en los test para saber qué carrera estudiar, la más genérica de todas las ingenierías. Con la que podías optar a más salidas.

Bien, después de pensarlo con ellos me decidí. Iba a matricularme en la carrera de Ingeniería Industrial. Pondría como primera opción Barcelona, pero dada mi ley del mínimo esfuerzo vigente y mi pasividad ante la mayoría de las asignaturas del colegio, era muy probable que no me diera la nota y tuviera que conformarme con un Terrassa.

De hecho, recuerdo la reacción de mi profesora de Ciencias de la Tierra el día que le comenté que iba a matricularme en Ingeniería Industrial.

«¡¿Ingeniería?! ¡¡¿¿Túúú??!! ¡¡ja ja ja ja!!»

Me dolió, para qué engañarnos.

De hecho, en mi primer año de universidad, a medida que fui aprobando asignaturas, deseaba que llegara el día de la fiesta de ex-alumnos para hacerle saber lo bien que me iba.

Al final, en semana santa, fecha de celebración del evento, ya se me había pasado y no hubo mención alguna.

La carrera

Finalmente me tocó Terrassa (con suerte, visto en perspectiva). Con preinscripción en Barcelona, apuré hasta el final a ver si entraba, pero no pudo ser.

Al haber apurado tanto, me vi cogiendo un vuelo 2 días antes del día oficial de mudanza a Terrassa para hacer la matricula y encontrar una habitación donde vivir.

Encontré una habitación que estaba muy bien, la cual posteriormente descubrí que estaba bastante lejos de mi universidad, por lo que, para mi sorpresa, no vivía gente universitaria.

En mi primer año de carrera me encontré viviendo en una casa de 7 habitaciones y 9 personas, ninguna de ellas estudiante, alguna de ellas en edad cercana a la jubilación.

El principio fue un poco duro. Luego uno se acostumbra a todo.

Aprendí muchísimo en ese piso. La universidad de la vida la llaman algunos.

Compartía piso con una pareja más o menos de mi edad. El chico era instalador.

Para ellos yo era una mezcla entre genio y bicho raro. Iba a ser ingeniero…

De hecho, recuerdo un día hablando con Puga (el instalador), que me dijo: «¡eh, Francé!» – era su particular forma de decir Francesc. «Cuando seas ingeniero, mano dura con tus empleados, que a mi me han dado mucho por cu…».

Yo me reía. Un saludo, Puga.

En la universidad enseguida hice un grupo de amigos increíbles, de los cuales todavía conservo una buena parte. Ellos fueron los responsables de reconducir mi pasotismo estudiantil. Me contagiaron sus ganas y su competitividad. Siempre intentando sacar mejores notas que el resto.

Creo que eso fue lo que me hizo ir sacando la carrera a buen ritmo.

Fui pasando de curso y cuando cumplí los 5 años en Terrassa, llevaba en la mochila ya todas las asignaturas y solo me quedaba hacer el Proyecto de Final de Carrera.

El Erasmus

Hacia el final del quinto año, pedí una plaza para ir a Aberdeen, Escocia. Era uno de los destinos más cotizados, porque era el único destino de habla inglesa en mi universidad, por lo que muchos querían ir ahí para mejorar el nivel de inglés.

Lo malo era que solo había dos plazas. Así que nos fuimos, Eugeni y yo. Un crack. Un saludo, Eugeni.

Mi único objetivo era sacar el Proyecto de Final de Carrera, por lo que no tenía clases de ningún tipo.

En su lugar, en teoría, iba a tener reuniones periódicas con mi tutor, que me iba a guiar en mi camino al éxito del proyecto.

Pronto me di cuenta de que yo, para el profesor, era más bien un problema. Su motivación para que saliera un proyecto decente era más bien baja. Supongo que basada en sus experiencias previas con estudiantes de Erasmus, lo cual entiendo perfectamente.

Bien, apoyado en esa percepción decidí sacar provecho del asunto, así que decidí darle la menor carga de trabajo al profesor. Es decir, ninguna.

Si esto era en octubre, yo no volví a aparecer por el despacho del profesor hasta principios de mayo. Estando la entrega prevista para finales de ese mismo mes.

Para esa reunión preparé un «proyecto» en base a lo que él me había sugerido. Un «proyecto» que creo que podría haber sido un trabajo de 3º o 4º de la E.S.O., imagina el nivel.

Lo que pasa, es que lo decoré muy bien. Me curré unos planos con muchas cotas y con mucho detalle.

Los planos en sí no describían nada demasiado relevante. Pero daban el pego. Me la jugué.

Y como el profesor pasaba de leerse el texto, se fue directo a los dibujos. Y su respuesta: «está mucho más trabajado de lo que pensaba». Bueno, en inglés, claro.

¡Éxito! Al final se presentó ese «proyecto» de dudoso contenido e impecable formato. Debí dar con un tribunal de ese mismo club y conseguí sacar un 8,5.

Nota que me daba el aprobado en el último escalón que me faltaba para ser ingeniero.

Ese día perdí el respeto a todos los licenciados y vi que para aprender de verdad algo útil tendría que estudiar por mi cuenta.

Mi segunda carrera: Administración y Dirección de Empresas

Ante el hype de haber sacado una de esas temidas ingenierías bastante fácil, decidí no parar y ese mismo año me matriculé en ADE. A distancia.

Estudié ADE a la vez que trabajaba y mi alta motivación inicial fue bajando a medida que iban pasando los años. Pero eso no me frenó en mi objetivo de conseguir el título.

En lo único que tuvo efecto esa bajada de motivación fue en el nivel de aprendizaje. Las notas siguieron siendo más o menos las mismas, lo iba aprobando todo, pero no aprendía ni la mitad.

Ahí estuve durante 5 años, siempre compaginando los estudios y el trabajo. Trabajo en su mayor parte de consultoría, con la de horas que ello requiere.

Así que me tocaba sacar tiempo de donde podía, y descartes. Mucho «Teorema de Descartes».

Pero acabé. Aprobé todas las asignaturas y el Trabajo de Fin de Grado.

Y me dieron mi título. Dulce jarabe para mi «titulitis aguda».

Conclusión: estudiar no sirve para nada. O sí.

Al finalizar mi segunda carrera pude dar forma a lo que ya me había empezado a temer al acabar Ingeniería Industrial.

Una carrera universitaria, e imagino que cualquier estudio reglado, se puede enfocar de dos formas diferentes:

  • Ir a aprobar: enfoque que creo que la mayoría de universitarios de 18-22 años tienen. Les han dicho que tienen que estudiar una carrera, van a clase, y sin sentir demasiado interés por lo que estudian, van aprobando. ¿Y aprendiendo? Creo que no. Lógicamente hay excepciones. Muchas.
  • Ir a aprender: este es el enfoque que yo tuve en mis primeros 2 años de ADE y aprendí, vamos si aprendí. Pero luego di con otro problema. Una carrera universitaria está hecha para satisfacer con el mismo modelo a un número demasiado alto de personas. Eso hace que haya demasiados temas que no te interesan, y hacen que pierdas la confianza en ese modelo.

En base a todo esto y después de haber pensado y discutido mucho sobre este tema, creo haber llegado a una conclusión.

Estudiar una carrera universitaria está muy bien. Te hace espabilar en muchas cosas. Tienes que aprender a aprobar. Tienes que aprender a gestionar una carga de trabajo considerable. Unas entregas duras, en las que tienes que saber donde poner el límite, porque siempre podrías estar mejorando un trabajo.

Además, coincide con una época de la vida en la que estás en pleno crecimiento personal. Conoces gente con, más o menos, inquietudes similares.

Te diviertes, te ríes. Aprendes a ir a negociar al despacho de un profesor.

En definitiva, aprendes a moverte por la vida. Y yo, después de todo, se lo seguiría recomendando a todo el que se lo pueda permitir.

Sin embargo, creo que no es tan importante la materia que aprendes en una carrera universitaria.

De hecho, creo que no hay ejemplos de personas que nada más salir de la carrera hayan sido contratadas. Solo por el hecho de haber completado con éxito una u otra carrera (exceptuando médicos y otros sanitarios, los cuales se rigen por otras reglas sobre las que no tengo el conocimiento necesario para opinar).

Después de varios años en el mercado laboral, me he dado cuenta de que de toda la teoría que aprendí en mis dos carreras, poca puede aplicarse a la vida real de los negocios. Así que, una vez sales de tu burbuja universitaria, una vez has aprendido todo lo que decía antes, toca aprender a trabajar.

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